PERÉZ, Francisco de Sales. "LA GENTE DECENTE", en: El Cojo Ilustrado (Caracas) (110): 550, 15 de julio de 1896



La Gente Decente


    Quisiera encontrar un ingeniero que trazara la línea que separa la gente de­cente de la otra gente, que debe ser la indecente, aunque nadie se ha atrevi­do a calificarla tan duramente.
    Se pensará, a juzgar por las conven­ciones sociales, que la decencia consiste en el capital, y que podría fijarse la línea divisoria así.
    -Decentes son los que poseen de tal su­ma para arriba. -Indecentes los que poseen menos de esa suma.
    Pero sucede, no pocas veces, que algunos millonarios son considerados como los hom­bres mas indecentes del mundo, y que mu­chos hombres sin riqueza, son calificados muy  decentes.
    Luego la riqueza no constituye la de­cencia.
   Por otra parte, se observa que los ri­cos ponen grande empeño en ocultar lo que tienen, y que los pobres se esfuerzan en aparentar que son ricos, de donde resulta que la calificación sería inexacta.
    ¿Se creerá que la decencia consiste en el comportamiento? Pues tampoco es así.
    He conocido una multitud de bribones a quienes la gente que se llama decente, ha mantenido en la primera categoría social; y he conocido y conozco a muchas personas, verdaderamente honorables por sus virtudes, a quienes se mira con des­precio a causa de su humildad.
   Vayan algunos casos prácticos.
    Llega a tu puerta un señor que trae sombrero de copa alta, paraguas con puño de metal dorado, leontina gruesa, cuello limpio y ropa nueva.
   No lo habías visto nunca, pero no tie­nes la menor duda de que es un hombre inocente; ¿cómo no? ¿si tiene levita y sombrero de copa?
    Ordenas que abran la sala, y lo inviten a pasar adelante.
    Entretanto, arreglas tu vestido para reci­birle dignamente.
    -¿Qué trae? -viene a proponerle la ven­ta de unos papeles dudosos; en fin, una operación oscura que, por el momento, no te conviene.
    El caballero se despide cortésmente y lo acompañas hasta la puerta.
    A la tarde observa una de tus niñitas que falta un medallón de plata entre los adornos de la mesa, y te dice:
    -Aquí no ha entrado más que aquel señor de esta mañana.
    -¡Niña! ¡eso no se dice! aquel era un  hombre decente.
    La pobre niña sale avergonzada, y mur­murando entre dientes:
    -Pero se llevó el medallón.........


*

    Otro día llega un artesano a quien has llamado para hacer una reparación; trae un serrucho en la derecha, un escoplo y un martillo en la izquierda. No se ha puesto su paltó porque vive cerca.
    La misma niñita sale a recibirlo.
    -¿Quién es?
    -Gente de paz. -¿Don Rómulo se halla en casa?
    -Déjeme ver -dice la niñita; ella sabe que estás allí, pero tú has prohibido ase­gurarlo, mientras no se sepa quién te se sepa quien te solicita, y va a tu escritorio a preguntarte si estas en casa.
    -Quién me solicita -preguntas tú asus­tado, porque, desde quo eres rico, lo tie­nes miedo a todo el que te busca.
    -Un hombre -dice la niña.
    -¿Qué clase de hombre? ¿Es persona de­cente?
    -No, señor; es un hombre así......
    -¿Qué vestido trae?
    -Ninguno; viene en mangas de camisa, con unos hierros en la mano.
    -¡Ah! ya se quién es; dile que espere.
   ¡Claro está, como no tenía leontina, ni levita, ni paraguas lujoso, sino unos hie­rros en la mano; comprendiste que no era petardista ni traficante en papeles falsifi­cados, sino un hombre sencillo y laborio­so, y lo dejaste plantado en el corredor, porque era un hombre así... y no un hombre decente, capaz de llevarse un medallón! 

*

    Lees en El Pregonero que se hallan detenidos en la Policía, el hijo de don Pantaleón, rico propietario y condecorado por varios gobiernos, por haber negado su firma y falsificado otras; y el hijo de doña Do­rotea, de no se cuantos quilates, porque corrió un temporal de champaña, en una casa de mujeres alegres, y apaleó a una de ellas, etc., etc.  
    Al punto exclamas: -¡Como está la sociedad! ¡Dos caballeros dando tales escándalos! ¡No parecen cosas de personas decentes!
    -¡Irrisión! -digo yo- ¡insistes en llamar­los decentes, después que ellos mismos han roto sus títulos!
    En cambio sabes, por el mismo perió­dico, que el maestro Pedro, aquel pobre albañil do media cuchara, que no sabe ha­cer capitolios, ni teatros, ni maulerías, pero si levantar una familia en la fe del Cristo y de la honra, tiene un hijo de gran­des aptitudes, que ha obtenido los prime­ros premios por su aplicación, y que últimamente ha merecido en la Universi­dad la medalla de honor, por su ingenio y comportamiento, y exclamas suspirando:
    -¡Lástima de muchacho que tenga tantos méritos! ¡Debería ser una persona decente! ¡Merecía tener sangre de príncipe!
    ¡Sarcasmo irritante! Cuántas veces podrá decirse: -¡Lástima de principe! ¡Merecía ser hijo de un verdugo!
    ¡Miserias de la vida! Yo no pretendo modificar la humanidad, pero sí quiero patentizar sus preocupaciones.


*

    La sociedad, injusta, no clasifica a sus miembros por el valor intrínseco, sino por una medida arbitraria, creada por el in­terés las circunstancias, por nuestra soberbia o  nuestra villanía; pero Dios -el Dios de la eterna justicia- ha puesto en nuestra conciencia una balanza infalible para justipreciar a los hombres por sus ac­ciones, y si, forzados por las circunstan­cias, tributamos homenajes al hombre in­digno, del fondo del alma brota el anate­ma para condenarlo.
    Podemos desdeñar, por necio orgullo, al hombre virtuoso y honorable, pero, en nuestro interior, lo aplaudimos y respeta­mos, al mismo tiempo que nos sonrojamos de nuestra propia injusticia.


1896.